VIDA EN LA FRONTERA

Historias de uno de los últimos contrabandistas de caña blanca

Lázaro Termezano recuerda cómo se vivía a monte, burlando a la policía.

Reliquia de época: Lázaro Termezano con sus petisos y sus barriles. Foto: N. Araújo
Reliquia de época: Lázaro Termezano con sus petisos y sus barriles. Foto: N. Araújo

Con su piel arrugada y áspera, tostada por el sol como una marca que ha llevado desde niño, Lázaro Termezano contrabandeó durante 20 años unos mil litros de caña brasilera por semana, en barriles que iban colocados a lomos de más de una decena de caballos que utilizaba como medio de transporte.

De Fraile Muerto a Brasil, y de Brasil a Fraile Muerto, Termezano atravesaba campos sorteando todas las dificultades, dormía en el monte huyendo y cuidándose de la policía. En invierno con lluvia, viento y frío. En verano bajo el sol abrasador o a la sombra tibia de las noches estivales, cruzando ríos y arroyos.

Eran los años 60 y lo que más ganancia dejaba en el trasiego fronterizo era la caña blanca brasileña, que era transportada ilegalmente en barriles de madera de 80 litros. Termezano emprendía sus travesías llevando once equinos que ataba uno detrás de otro, en fila india, formando lo que en la jerga del estraperlo se denominaban "cargueros". Con esa tropilla recorría entre 150 y 200 kilómetros por viaje, dependiendo del destino.

"Para ir a Brasil desde Fraile Muerto, en siete días recorría esa distancia cortando campo y esquivando zanjas y bañados; pero para volver con la carga demoraba más de diez días porque los barriles de caña eran muy pesados y yo cuidaba a los animales", contó Termezano. La caña la iba dejando parte en Fraile Muerto y el resto en Treinta y Tres.

"Yo dormía en el monte, donde escondíamos la carga y los caballos. Si bien teníamos algunos campamentos armados, debíamos cambiar seguido los lugares para despistar a la policía", recordó.

"Sacaba el doble".

El contrabando era entonces una salida "laboral" para la población rural que no tenía otra ocupación. Se invertía dinero en mercadería brasilera para revenderla en Uruguay, aprovechando la diferencia de precios. Aun después de obtener un beneficio del cien por ciento en la reventa, igual la caña brasileña resultaba más barata que la de Ancap.

"Yo siempre le gané el doble", recuerda. "En 1962 la caña costaba $ 4.00 en Brasil y yo revendía a $ 8.00 en las estancias o en los comercios de Cerro", señaló Termezano.

Lázaro Termezano tiene 72 años, vive en Fraile Muerto, Cerro Largo, y es uno de los pocos contrabandistas de aquella época que siguen vivos para contar aquellas aventuras.

"Yo trabajé así, de forma independiente, para darle de comer a la familia, aun a riesgo de perder la vida en los encuentros con la policía", dijo a El País. "Nos reprimían, porque la actividad no era legal pero muchas veces se hacía la vista gorda", sostuvo.

Termezano separa bien los delitos: no es lo mismo ser contrabandista que ladrón.

"Yo nunca robé. Lo que hacía era tratar de sobrevivir, y la prueba está que no éramos delincuentes cuando los productores rurales no nos delataban. Al contrabandista nunca lo denunciaban, a pesar de que nosotros cruzábamos sus campos sin autorización", señaló.

Había una "sana y amigable complicidad" ya que el contrabandista era a veces vecino de los hacendados y, en algunos casos, los abastecía de caña, tabaco, azúcar y yerba.

Aunque hubo algunos encuentros nocturnos con la policía montada que patrullaba la campaña, él dice que nunca se enfrentó a la autoridad con un arma.

"Eso sí, yo la carga nunca la entregaba porque ahí estaba mi ganancia, mis ahorros, toda mi plata", advirtió.

De fiesta.

La caña blanca que se trasegaba de un lado a otro de la frontera era mucha. Termezano recuerda que a fines de los años 60 eran más de treinta los contrabandistas y en cada viaje, cada uno cargaba alrededor de mil litros de aguardiente. Algunos eran contrabandistas solitarios, otros tenían una tropilla, buenas armas y personal que actuaba a las órdenes de un jefe. Con todo esto y el valor de la mercadería, "era lógico que defendieran el capital invertido a tiros", dice.

La caña era una bebida de supervivencia. Con poco abrigo, los peones de estancia solo tomando caña podían aguantar las frías noches invernales, muchas veces calados de agua hasta los huesos.

Ayer, mientras recordaba aquellas historias, Termezano desempolvó dos barriles que ya no utiliza desde 1982, pero aún conserva como una reliquia. Después, ensilló un petiso y desfiló por las calles de Melo en la "Fiesta de los Pagos", que organiza la Sociedad Tradicionalista "A Poncho y Espuelas", para mostrarle a las nuevas generaciones el sacrificio de un contrabandista de frontera.

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